EL EQUILIBRISTA
Por Juan Pardo Valera. Director de la revista Paraíso Natural
¡Oooh, la saeta, el cantar…
Tengo mis razones para que no me guste la semana santa.
Algunas se remontan a mi lejana infancia en Huércal-Overa donde se vivía como una lucha ancestral del paso blanco contra el negro y viceversa con el más pobre paso morao de espectador. Eran entretenimientos de los caciques, terratenientes y pequeña burguesía local que ha falta de más altas miras jugaban a pelearse y reconciliarse en función de cual desfile fue mas elegante, numeroso, ridículo, pasado por agua… Claro está sin la más mínima mezcla de clases sociales: los ricachones eran los mayordomos, jefecillos…las manolas sus aderezadas esposas, hijas, sobrinas… y los nazarenos, romanos y demás relleno pues, como no, del populacho, para ellos, la calle el esparto.
Y todo ello con el olor a incienso, el no saltes niño que está el señor muerto, la pesada música sacra, las imágenes sangrantes, las confesiones y comuniones masivas y obligatorias…
Algo más mayor, ya en la avenida Vilches junto a la plaza los toros de nuestra capital, me pasaba meses maldiciendo la dichosa semana santa. Pues la acera junto al balcón de mi casa era el lugar escogido por la cofradía del barrio para ensayar noche tras noche desde enero a abril lo de ¡arriba con ella ¡ ¡hasta el cielo! Al redoble de tambores y el chiflido de las trompetas. No creo que ser humano alguno pueda superar ese martirio sin profundas lacras en su cerebro… Y después los cortes de las calles, la grúa que se me llevaba el coche para despejar para la procesiones, días y días sin poder aparcar…y más tambores y más trompetas.
Después, durante muchos años, cuando se acercaba la semana santa, buscaba un lugar en donde no se celebrara y allí huía, como el que huye del patíbulo… Por fin me di cuenta que aquí cerca, en nuestro Cabo de Gata, no había semana santa, que allí podía ser feliz con mis periódicos, la radio y ese silencio infinito que me fortalece el cuerpo y me relaja el espíritu.
Y durante un par de décadas he sido feliz sin tambores, trompetas, olor a incienso, fantasmas de terciopelo, imágenes de horror y sermones apocalípticos… Pero no hay felicidad que cien años dure, y la mía apenas ha durado un suspiro. Cuando pensaba que la sociedad civil, el estado de derecho, la democracia eran el terreno de juego donde se dirimían las confrontaciones políticas, me encuentro que la jerarquía eclesiástica católica lanza sus huestes a tomar las calles contra el infiel, abortista, usuario del preservativo, la píldora y no se cuantas cosas más. Campañas propagandistas que llenan carreteras, pancartas con niños y linces, conjurados con lazo blanco, noticiarios dedicados a si se debe o no utilizar la semana santa para esto o aquello, comunicados de hermanos mayores y menores…en fin, que lo han conseguido, han vuelto a poner patas arriba mi paz interior.. Ya no hay lugar donde podamos escondernos, estamos sitiados: nuestras calles, nuestras plazas, las carreteras, la prensa, radio, TV…que entran a mi casa; están tomadas por la santa inquisición.
Y por supuesto que defiendo el derecho de cualquier persona o grupo a manifestar su opinión, a defender sus ideas, a luchar por sus creencias…Pero de eso a imponer su visión, a utilizar una situación de dominio, de ventaja histórica para machacarnos con su credo. No me gustan los clubs de futbol que son mas que un club, ni los ni los partidos políticos que son una religión, ni los grupos religiosos que hacen política.
Si cuando pase esta vorágine me queda algo de sentido, abrazaré el budismo… o por lo menos, sólo votaré a aquel partido que en su programa electoral lleve meter la semana santa dentro de sus templos y que por las calles corra el aire fresco.
¡No puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!