3. EL HOMBRE QUE NO QUERÍA SOÑAR...

 EL EQUILIBRISTA. La Voz de Almería 28/06/08


El hombre que no quería soñar.
Por Juan Pardo Valera. Director de la revista Paraíso Natural

“¿Doctor me podría recetar unas pastillas para  dejar de soñar?” Aquella insólita petición sacó al  rutinario médico de la seguridad social de su adormilamiento  mañanero.
“¿Y se puede saber porqué no quiere usted seguir soñando?” Le preguntó no muy seguro de que la petición de aquel hombre de edad mediana, rostro curtido por el sol y ademanes agradables, no fuera una equivocación…
“Pues mire doctor, para mí desde los más lejanos recuerdos, soñar ha sido mi salvavidas particular. De niño, como mi familia era muy pobre, nunca recibía regalos y, a veces, ni cenaba. Pero mis sueños con bonitos juguetes, con trozos de pastel… hacían que por la mañana un brillo especial acompañara mis ojos.
Después, en la juventud, el trabajo en el viejo taller de mi padre, remendando zapatos de gentes tan pobres como nosotros, no me permitió estudiar ni disfrutar de las ilusiones de la edad. Pero mis sueños con ser un gran deportista o un famoso cantante  me hicieron sobrellevar aquellos difíciles años.
Fue de adulto cuando los sueños se hicieron más insistentes e indispensables... cuando  llegaron los hijos a mi hogar y no tenía para darles lo más necesario: educación, vestido, comida…Entonces solo los sueños me salvaron de cometer un disparate, y… tenía hermosos sueños de vivir en un país donde se me respetaba por mi trabajo, donde se me apreciaba por mi amabilidad, donde las leyes  protegían a mi familia, donde todos los hombres éramos iguales ante la ley, con las mismas oportunidades… Y siempre ese lugar estaba al otro lado del mar, podía ver sus montañas en los claros días de febrero. Un país desde donde me llegaban hermosas noticias de familiares y conocidos. Y sí, crucé el mar en patera, sin papeles; ¡a nado lo hubiera hecho!
¡Qué feliz fui los primeros meses! Mis conocidos de aquí me hablaban sin parar de las grandes posibilidades de Europa, de este nuevo mundo para mí: democracia, protección social, derechos humanos, poder estudiar, tener papeles, ser libre…
Pero fueron pasando los años y todo aquello cada vez era mas lejano, mas difícil: Cada vez éramos mas ajenos, mas extraños, menos queridos. Soy hombre trabajador, respetuoso con la ley, cordial con la gente… Pero me acusan de la delincuencia, de la suciedad, de la falta de trabajo, de la pérdida de tranquilidad de pueblos y ciudades…Por la calle me insultan con miradas despectivas, con gestos de desconfianza. Las autoridades me pueden  encarcelar dieciocho meses por no tener papeles…
Así que ahora no quiero soñar, no puedo, se me hace insufrible despertarme por la mañana y comprobar que todo es mentira, que  todo son fantasías de un pobre emigrante que a pesar de sus  sueños,  sí se me discrimina por la raza, el color de la piel, la religión, tu procedencia… Esto es aún peor que no tener sueños, han convertido mis sueños en una gran mentira, y… ¿qué persona puede aguantar que su vida sea una mentira permanente?
Dicho esto doctor, recéteme alguna pastilla que me quite los sueños, así podré seguir adelante  por mi familia, por mis hijos, sin perder la razón”
El doctor escribió en su talonario de recetas el nombre del genérico de un conocido somnífero e hizo sonar el timbre: ¡el siguiente!

En memoria de mi abuelo Diego Valera, hombre honrado, trabajador y legal, que entró dos veces sin papeles en Estados Unidos a buscarse la vida para lograr un futuro mejor para su familia.