lunes, 20 de mayo de 2019

PUNTO DE ENCUENTRO por Acaymo



      Llevaba ya mucho tiempo lejos de las cosas que quería. Sería por eso que aquella mañana, en el aeropuerto, estaba mucho más sensible; al tanto de todo. Nos habíamos tomado un café y después, con mucho cariño, despedí a mi amigo –Chiquito madrugón se había pegado por acompañarme-. Como ya había facturado el equipaje, nada me quedaba por hacer, y aún faltaba una hora y media para despegar.
     El torrente de pasajeros, extranjeros en su mayoría, alternativamente entraban y salían por las grandes puertas automáticas; mansa plaga devoradora de uniformados portamaletas. Me entretuve un rato adivinando -cosa fácil- si llegaban o iban de regreso. Si blanquitos, amarillentos, con abrigo al brazo y cara de despistados; pues venían. Si asalmonados, nariz despellejada y chillona camiseta hawaiana; se marchaban.
    Pronto me cansé del juego, ¡eran tan monótonos sus rostros! Paseando por la larga nave observaba las bonitas plantas, enorme verdor tropical que colgaba del techo. Compré un periódico local; unos papás, en contraportada, felicitaban a su nene de ocho años por las buenas notas obtenidas y su eficacia y buena disposición como recadero – la cara del niño era todo un poema-.
    El reloj apenas avanzaba… Y yo añoraba tanto otros momentos. Seguí paseando, largas filas de viajeros facturaban sus equipajes. El altavoz, con mecánica voz, llamaba a los pasajeros del vuelo 706 con destino a Barcelona. Me alegré al recordar que era el vuelo anterior al mío. Los ecos del aviso se mezclaron con una voz potente, segura, que rompió el monótono trajín de las colas de facturación.

-             -- ¡No quiero más sangre derramada! ¡No, no más sangre de mis  compañeros!  ¡Ya está bien de ametralladores y tanques!
    
     Se hizo el silencio total, la enorme sala de tránsito se inmovilizó. Casi todas las cabezas se volvieron, el altavoz enmudeció.
-         
¡            - ¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡No más españoles muertos! ¡No   más guerras! ¡paz!

     Me fui acercando y la voz me sonaba cada vez más familiar, aunque la posibilidad de verme envuelto en aquel barullo no me agradó y procuré quedarme semioculto tras una columna.

-                         -- ¡Sí, yo, Roberto, Roberto pastor de hombres, yo os lo aviso, oídme!   
    
    Entonces lo vi por completo, aunque esa voz no podía ser de otro nada más que de Robert, con sus gafas oscuras de concha, pelo recio y canoso de hombre que ha pasado ya los cuarenta, su impecable traje y la corbata algo ladeada. Los numerosos pasajeros que en aquel momento estaban facturando se arremolinaron a su alrededor, aunque guardando una prudencial distancia. El, desde su altura, los dominaba a todos.

-                              -- Sí, yo os advierto…Esos buitres, esos sedientos de sangre, ¡van a dar un golpe de estado…!
           ¡Van a sumir en la esclavitud a mi querida patria…!
     
     Todo estaba en suspenso, las cintas transportadoras dejaron de funcionar. Yo, tras la última de ellas, no movía ni un músculo temiendo que me reconociera; bastantes problemas acarreaba ya. Busque con la mirada la llegada de la policía. Pensé que se lo llevarían pues aquello había detenido la vida del aeropuerto.

-                         -- ¡No, no…Los tanques en las calles, toda la ciudad ocupada…!
-                            Sí, Madrid ocupada, muchos muertos…
        ¡Mañana, día 23 de diciembre… Os lo dice Roberto! ¡Mañana es el día!
   
     Y entre frase y frase se iba girando encarándose con todo el corro de curiosos. Dos parejas de policías acudieron despacio, una de cada lado de la sala. Una de ellas, al llegar a mi altura, se paró.

-                         -  Oye, le podíamos decir algo…
-                         -  ¡Bah! ¿Para qué? Él no se mete con nadie…Y está dando vivas a España.
-                         -- Sí, pero eso del golpe de estado…

     Yo estaba magnetizado por las palabras de Robert, pero no así los rebaños de extranjeros, que una vez estudiado el espécimen y después de una risita con el gesto característico, reanudaron la marcha siguiendo a su pastor disfrazado con un horrendo traje rojo de azafata, gorrito de flan chino incluido.
     El quedarse sin público fue definitivo para el profeta que, con la cara embotada por el esfuerzo, se ajustó las gafas, miró alrededor y lentamente, con paso seguro y mirada desafiante, se perdió por el rincón de la sala de espera hacía la zona vip del aeropuerto.
    Rápidamente todo volvió a su lugar. Los viajeros guardaron fila, las cintas transportadoras reanudaron su monótono ronroneo, y hasta los paneles electrónicos de salidas y llegadas parecieron revivir de nuevo. Todos, menos los policías que reunidos en medio de la nave, conversaban animadamente. Me acerqué, disimulando un poco con el periódico, y comencé a escuchar.
-          
                 - Que sí, hombre, que es el mismo de ayer, el que quiso ligarse a la rubita, la de la lista de espera.
-                                     -- Ya lo creo, primero se apuntó en la lista de espera y a las tres  o cuatro horas apareció con un ramo de flores, recién peinado y echándole piropos a las chicas.
-                                   -- Bueno, pero lo más gordo fue esta madrugada, que estábamos nosotros dos de guardia, cuando llegó todo intrigante diciendo que venía a denunciar la colocación de una bomba en el avión a Madrid que salía una hora después.
-                                   - Sí, yo le tomé declaración, porque nunca se sabe, pero no le    creí, porque dijo que se lo había oído a una pareja que hablaba en vasco. Y después, cuando le tomaba los datos, le pregunté, disimuladamente, qué idiomas hablaba y contestó que solo español… Total una locura más.
-                                 -- Y que importa, todo esto está lleno de locos, medio locos o que se hacen el loco.
    
      Aquello zanjó la conversación y cada pareja siguió su ronda en sentido contrario por la gigantesca sala.
    Aunque un poco perplejo, intenté hacerme una composición de los acontecimientos desde que me despedí de Rober, dos días antes, en aquel café de “viejasbuscaplaceres” y gigolós de tercera mano. Seguramente se quedó sin billete y ya llevaba dos días en aquel aeropuerto en medio del desierto a más de setenta kilómetros de la capital y única forma de salir de aquella isla perdida en medio del atlántico.

                                        ***
    
       Miles de caras, tan distintas, que todas se van pareciendo. Ya apenas observo sus diferencias sino cuando algo muy especial llama mi atención. Llevo muchas horas esperando y se me hace insoportable.; los altavoces evocan ciudades distantes que con facilidad podrían ser mi destino. Pero aquí estoy acorralado, no quiero moverme de los lugares que controlo: la cafetería, el sillón –imitación a cuero- en el que llevo más de cuatro horas sin poder levantarme y los puestos de baratijas, tantos que a nadie llaman la atención. La cabeza me martiriza con su baile continuo, distante… A veces salgo a la calle y el aire fresco me alivia; me hace olvidar. Han encendido las luces, una atmósfera nueva reina ahora sobre todo; los viajeros recobran la actividad, languidecida por las tinieblas. He de hacer algo, no puedo seguir aquí pegado a este sobado sillón. Me muero inmovilizado, yo Roberto, que he recorrido medio mundo, que llevo seis años en esta isla infame esperando por orgullo a esa mujer. Y cuando decido, por fin, marcharme, todo conspira contra mí. Intentan engañarme como a un niño, oigo sus carcajadas a mis espaldas… pero no, no lo conseguirán. Sí, ya está, una bomba, la policía… ¡Ya verán!

                                       ***

-                ¡Viajeros del vuelo 908 con destino a Madrid, embarquen por la puerta número tres!
-         Oh, mi vuelo. A ver, el bolso; sí, sí, todo está en orden. Y aquí en este bolsillo, a mano, la tarjeta de embarque… ¡ Cómo la máquina detectora suene al pasar me muero de vergüenza!; no debí esconder en el bolso de mano el radio-casete para eludir la aduana. Quizá con una revista, haciendo como que leo, disimule mejor… Sí, voy a comprarla.
                               
                                      ***

      Cuando la monotonía, poco a poco, entre sus redes te va encerrando, qué difícil es romper el cerco. Sobre todo, si hay una razón “más allá” que se pone como excusa o como ideal para negar el movimiento. Es muy fácil decir: ¡después seré feliz! Después realizaré esos planes que ahora soy incapaz, siquiera, de iniciar. Pero lo que no se hace cuando se necesita, cuando tienes toda la ilusión en ello, raramente se hará alguna vez. Claro, esperas que te lo hagan, ¿Quién? Posiblemente esa persona salvadora, ese golpe de suerte, esa quimera mítica… Nadie o nada.
    Las cosas no van del todo mal, pero está llegando el tiempo de exigir el máximo; bastante fuimos en marchas cortas, necesito toda la potencia y toda la velocidad a la vez. Sí, soy exigente, no puedo ser de otra manera. El conformismo es una mierda, los conformistas son ratas ignorantes de todo lo que no sea su agujero.
     Pero nada voy a conseguir sermoneándome a mí mismo, nada. Tengo que hacer algo. Ya los ojos me bailan de tanto seguir a los aviones en sus llegadas y, sobre todo, en sus majestuosos despegues. ¡Qué sencillo es remontar el alma…! La esperanza sólo necesita de dos metálicas alas para sentirse salvada… ¡Y esta carta quemándome en el bolsillo…! Y yo incapaz de todo.
     Ya amaneció, cada vez tengo menos posibilidades, he de hacerlo, aunque aterrorice a todo el aeropuerto, a actor nadie me va a ganar; seguro que dejo el avión vacío…

                                                   ***

     Bueno, por lo menos el detector de equipajes no me ha descubierto. Ahora al avión y a esperar la aduana en la llegada, que con un poco de suerte y el alboroto de las vacaciones “la pasma” ni se entera.
    Pero, ¡vaya mogollón…! ¡Anda, otra vez Rober! Y discutiendo con el guardia del detector. Por fin consiguió su objetivo. ¡Mira que tienen recursos estos locos! Parece que me ha visto, qué le voy a hacer, tendré animación gratis todo el viaje.

-                       -- ¡Hola muchacho! –dirigiéndome una sonrisa desde lejos-, pues no quería ese policía que me quitara el medallón, precisamente cuando he descubierto que es lo que me preserva de todos los desastres que amenazan al mundo…
-                       -  Pues menos mal que te dejó pasar sin quitártelo, porque tiene cara de pocas concesiones.
-                        -  Las personas somos los seres vivientes encargados de darle significado a las apariencias… Y sobre todo una continuidad lógica. Pero seguro que nada tiene que ver con nada, todo lo que pasa es totalmente ajeno a lo demás, hasta a sus propios orígenes y a sus posibles efectos.
-                         -  Mira, toma un cigarro y no te me enrolles -le dije, alargándole un paquete de Camel con filtro “made in USA”-
        - Voy a buscar el billete para el embarque.
-                        -- Ten – me devolvió el paquete, mirándome con mucho interés- yo llevo fuego… ¡Ah, la carta!  ¿Y cómo salgo yo ahora, después de la bronca con el guardia? Pero tengo que echarla… Sí, antes de salir.
-                        -  ¡Vamos Robert, no te compliques la vida! Estamos a punto de embarcar, ya están recogiendo los billetes.
-                          - Mira, no te lo puedo explicar, pero necesito echar la carta ahora mismo… ¡Oye! ¿No podrías tú…? Sí, tú, son dos minutos. Yo espero a que vengas. Le dices cualquier excusa al guardia y corres.
    
       La verdad es que no estaba convencido, el policía me miró con cara de perro, le balbuceé una excusa. Al ver que llevaba sólo la carta hizo un gesto despectivo y me dejó pasar. La gran sala estaba casi vacía, recordaba haber visto un buzón cerca de la cafetería, pero en vez de preguntar a algún empleado me esforzaba, no sé por qué extraña razón, en encontrarla por mí mismo. Los segundos me martilleaban en la cabeza.

            - ¡Qué facilidad para meterme en problemas! - me recriminaba.

      Por fin… Allí está. Llegué jadeando al buzón, tan rápido quise introducir la carta que chocó en la ranura y entonces descubrí que le faltaba la dirección. Me quedé paralizado ¿Qué hacer? Por un momento pensé en echar la carta y volver corriendo; pero no, no pude. Me la metí en el bolsillo y volví a la puerta de embarque.
   
      Conforme me acercaba a la puerta tres se abría en mi mente una claridad, que era ya total cuando, dejando atrás al policía, me encontré sólo en la sala de embarque. El mostrador de recogida de billetes estaba cerrado con una cadena, una empleada recogía su bolso y una carpeta.
-        
              - ¡Señorita, señorita, tengo que embarcar…!
-                                       -- Lo siento el embarque está cerrado. Y el vuelo completo.¿Tiene usted billete?
-                                        --  Si, tenía, pero… ¿Y el señor qué estaba aquí, esperándome?Un señor con gafas oscuras y barba.
-                                        - Ah, sí… Aquí me dejó para usted este bolso de viaje.

      Busqué mecánicamente, con la vista perdida, más allá de las cristaleras. Entre los últimos pasajeros que subían la escalerilla del avión, adivine la silueta de Robert. El bolso se me escapó de la mano, ni siquiera quise buscar en él la tarjeta de embarque, tenía plena certeza de que ya no estaba allí. Yo ya sólo era una estatua solitaria sin ninguna voluntad.
-         
i             - Oiga, señor, también me dijo no sé qué de una carta, que la guardara… O que no la perdiera, que igual la necesitaba… 
 ¿Pero, señor, le ocurre algo…?
-                                - No, no señorita, no se preocupe.
    
        Mi mano buscó despacio, torpemente, el bolsillo donde estaba la carta. Y, mientras un avión acelerando despegaba del aeropuerto perdido de aquella isla lejana, yo leí en voz alta:

      “Por todos los días perdidos, te suplico que vuelvas a mi lado. Todo será olvidado, y aquel tiempo que nunca pudimos vivir, renacerá en cada minuto del nuevo amanecer. Los álamos que plantamos junto a la vereda de nuestra casa acarician con su sombra refrescante a las pocas visitas que tengo en este ardiente verano. ¡Qué húmedos y fríos se pondrán en el otoño sin el calor de tus manos…!
     Y, te imaginas, qué bonito cuando recojamos las últimas hojas, esas que saludan al invierno, para completar el – por tu marcha- inacabado cuadro de bellezas muertas.
     Estuve mucho tiempo sin hacer nada, viendo los días pasar, lejos de todo; muy, muy dentro de este pequeño espacio que es nuestra casa, el jardín y la vereda de los álamos.
     Y no es que el tiempo todo lo esté borrando, sino que presiento tu regreso. Y me lleno de vida y noto correr la sangre por mis venas del corazón hasta las manos. Y todo son proyectos, ilusiones, esperanzas… He vuelto a arreglar la chimenea de nuestro hogar y ¿sabes lo que haremos? Le compraremos dos pieles de oveja a ese viejo pastor con el que muchas veces hablo de las costumbres del campo y las pondremos delante del fuego, te contaré ese último libro que estoy leyendo y, cuando a la par los dos callemos, el crepitar de las llamas nos llevará por fantásticos mundos de ensueño.
     No sé a qué dedicas tu tiempo, quizás de mí no tengas ni un recuerdo, pero no, no creas que te lo reprocho; tengo presente que estamos muy lejos y que nos separan difíciles sucesos… Y, a pesar de todo, te espero. Con la puerta abierta, con la leña en el fuego y esas sábanas blancas que tus padres te regalaron, si, las de encajes, que ya sabes son las que yo prefiero… Y sino ya verás, este año te lo prometo, te llevaré un precioso ramo que reviva tus sentimientos en el frío lecho de los amores muertos…”


                     Los Realejos, Tenerife. Febrero de 1982.



Fin de la primera parte…

* Acaymo fue el seudónimo utilizado por Juan Pardo Valera para el concurso donde fue presentado este cuento.

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