Llevaba ya mucho tiempo lejos de las cosas
que quería. Sería por eso que aquella mañana, en el aeropuerto, estaba mucho
más sensible; al tanto de todo. Nos habíamos tomado un café y después, con
mucho cariño, despedí a mi amigo –Chiquito madrugón se había pegado por
acompañarme-. Como ya había facturado el equipaje, nada me quedaba por hacer, y
aún faltaba una hora y media para despegar.
El torrente de pasajeros, extranjeros en
su mayoría, alternativamente entraban y salían por las grandes puertas
automáticas; mansa plaga devoradora de uniformados portamaletas. Me entretuve
un rato adivinando -cosa fácil- si llegaban o iban de regreso. Si blanquitos,
amarillentos, con abrigo al brazo y cara de despistados; pues venían. Si
asalmonados, nariz despellejada y chillona camiseta hawaiana; se marchaban.
Pronto me cansé del juego, ¡eran tan
monótonos sus rostros! Paseando por la larga nave observaba las bonitas
plantas, enorme verdor tropical que colgaba del techo. Compré un periódico
local; unos papás, en contraportada, felicitaban a su nene de ocho años por las
buenas notas obtenidas y su eficacia y buena disposición como recadero – la
cara del niño era todo un poema-.
El reloj apenas avanzaba… Y yo añoraba
tanto otros momentos. Seguí paseando, largas filas de viajeros facturaban sus
equipajes. El altavoz, con mecánica voz, llamaba a los pasajeros del vuelo 706
con destino a Barcelona. Me alegré al recordar que era el vuelo anterior al
mío. Los ecos del aviso se mezclaron con una voz potente, segura, que rompió el
monótono trajín de las colas de facturación.
- -- ¡No
quiero más sangre derramada! ¡No, no más sangre de mis compañeros! ¡Ya está bien de ametralladores y tanques!
Se hizo el silencio total, la enorme sala
de tránsito se inmovilizó. Casi todas las cabezas se volvieron, el altavoz
enmudeció.
-
¡ - ¡Viva
el rey! ¡Viva España! ¡No más españoles muertos! ¡No más guerras! ¡paz!
Me fui
acercando y la voz me sonaba cada vez más familiar, aunque la posibilidad de
verme envuelto en aquel barullo no me agradó y procuré quedarme semioculto tras
una columna.
- -- ¡Sí,
yo, Roberto, Roberto pastor de hombres, yo os lo aviso, oídme!
Entonces lo vi por completo, aunque esa voz
no podía ser de otro nada más que de Robert, con sus gafas oscuras de concha,
pelo recio y canoso de hombre que ha pasado ya los cuarenta, su impecable traje
y la corbata algo ladeada. Los numerosos pasajeros que en aquel momento estaban
facturando se arremolinaron a su alrededor, aunque guardando una prudencial
distancia. El, desde su altura, los dominaba a todos.
- -- Sí,
yo os advierto…Esos buitres, esos sedientos de sangre, ¡van a dar un golpe de
estado…!
¡Van a sumir en la esclavitud a mi querida patria…!
Todo estaba en suspenso, las cintas
transportadoras dejaron de funcionar. Yo, tras la última de ellas, no movía ni
un músculo temiendo que me reconociera; bastantes problemas acarreaba ya.
Busque con la mirada la llegada de la policía. Pensé que se lo llevarían pues
aquello había detenido la vida del aeropuerto.
- -- ¡No,
no…Los tanques en las calles, toda la ciudad ocupada…!
- Sí,
Madrid ocupada, muchos muertos…
¡Mañana, día 23 de diciembre… Os lo dice Roberto! ¡Mañana es el día!
Y entre frase y frase se iba girando
encarándose con todo el corro de curiosos. Dos parejas de policías acudieron
despacio, una de cada lado de la sala. Una de ellas, al llegar a mi altura, se
paró.
- - Oye,
le podíamos decir algo…
- - ¡Bah!
¿Para qué? Él no se mete con nadie…Y está dando vivas a España.
- -- Sí,
pero eso del golpe de estado…
Yo estaba magnetizado por las palabras de Robert, pero no así los rebaños de extranjeros, que una vez estudiado el espécimen y después de una risita con el gesto característico, reanudaron la marcha siguiendo a su pastor disfrazado con un horrendo traje rojo de azafata, gorrito de flan chino incluido.
El quedarse sin público fue definitivo
para el profeta que, con la cara embotada por el esfuerzo, se ajustó las gafas,
miró alrededor y lentamente, con paso seguro y mirada desafiante, se perdió por
el rincón de la sala de espera hacía la zona vip del aeropuerto.
Rápidamente todo volvió a su lugar. Los
viajeros guardaron fila, las cintas transportadoras reanudaron su monótono
ronroneo, y hasta los paneles electrónicos de salidas y llegadas parecieron
revivir de nuevo. Todos, menos los policías que reunidos en medio de la nave,
conversaban animadamente. Me acerqué, disimulando un poco con el periódico, y
comencé a escuchar.
-
- Que
sí, hombre, que es el mismo de ayer, el que quiso ligarse a la rubita, la de la
lista de espera.
- -- Ya
lo creo, primero se apuntó en la lista de espera y a las tres o cuatro horas
apareció con un ramo de flores, recién peinado y echándole piropos a las
chicas.
- -- Bueno,
pero lo más gordo fue esta madrugada, que estábamos nosotros dos de guardia,
cuando llegó todo intrigante diciendo que venía a denunciar la colocación de una bomba en el avión a Madrid que salía una hora después.
- - Sí,
yo le tomé declaración, porque nunca se sabe, pero no le creí, porque dijo que
se lo había oído a una pareja que hablaba en vasco. Y después, cuando le tomaba
los datos, le pregunté, disimuladamente, qué idiomas hablaba y contestó que solo español… Total una locura más.
- -- Y
que importa, todo esto está lleno de locos, medio locos o que se hacen el loco.
Aquello zanjó la conversación y cada pareja
siguió su ronda en sentido contrario por la gigantesca sala.
Aunque un poco perplejo, intenté hacerme
una composición de los acontecimientos desde que me despedí de Rober, dos días
antes, en aquel café de “viejasbuscaplaceres” y gigolós de tercera mano.
Seguramente se quedó sin billete y ya llevaba dos días en aquel aeropuerto en
medio del desierto a más de setenta kilómetros de la capital y única forma de
salir de aquella isla perdida en medio del atlántico.
***
Miles de caras, tan distintas, que todas se van pareciendo. Ya apenas observo sus diferencias sino cuando algo muy especial llama mi atención. Llevo muchas horas esperando y se me hace insoportable.; los altavoces evocan ciudades distantes que con facilidad podrían ser mi destino. Pero aquí estoy acorralado, no quiero moverme de los lugares que controlo: la cafetería, el sillón –imitación a cuero- en el que llevo más de cuatro horas sin poder levantarme y los puestos de baratijas, tantos que a nadie llaman la atención. La cabeza me martiriza con su baile continuo, distante… A veces salgo a la calle y el aire fresco me alivia; me hace olvidar. Han encendido las luces, una atmósfera nueva reina ahora sobre todo; los viajeros recobran la actividad, languidecida por las tinieblas. He de hacer algo, no puedo seguir aquí pegado a este sobado sillón. Me muero inmovilizado, yo Roberto, que he recorrido medio mundo, que llevo seis años en esta isla infame esperando por orgullo a esa mujer. Y cuando decido, por fin, marcharme, todo conspira contra mí. Intentan engañarme como a un niño, oigo sus carcajadas a mis espaldas… pero no, no lo conseguirán. Sí, ya está, una bomba, la policía… ¡Ya verán!
***
- ¡Viajeros
del vuelo 908 con destino a Madrid, embarquen por la puerta número tres!
-
Oh,
mi vuelo. A ver, el bolso; sí, sí, todo está en orden. Y aquí en este bolsillo,
a mano, la tarjeta de embarque… ¡ Cómo la máquina detectora suene al pasar me
muero de vergüenza!; no debí esconder en el bolso de mano el radio-casete para
eludir la aduana. Quizá con una revista, haciendo como que leo, disimule mejor…
Sí, voy a comprarla.
***
Cuando la monotonía, poco a poco, entre
sus redes te va encerrando, qué difícil es romper el cerco. Sobre todo, si hay
una razón “más allá” que se pone como excusa o como ideal para negar el
movimiento. Es muy fácil decir: ¡después seré feliz! Después realizaré esos
planes que ahora soy incapaz, siquiera, de iniciar. Pero lo que no se hace
cuando se necesita, cuando tienes toda la ilusión en ello, raramente se hará
alguna vez. Claro, esperas que te lo hagan, ¿Quién? Posiblemente esa persona
salvadora, ese golpe de suerte, esa quimera mítica… Nadie o nada.
Las cosas no van del todo mal, pero está
llegando el tiempo de exigir el máximo; bastante fuimos en marchas cortas,
necesito toda la potencia y toda la velocidad a la vez. Sí, soy exigente, no
puedo ser de otra manera. El conformismo es una mierda, los conformistas son
ratas ignorantes de todo lo que no sea su agujero.
Pero nada voy a conseguir sermoneándome a
mí mismo, nada. Tengo que hacer algo. Ya los ojos me bailan de tanto seguir a
los aviones en sus llegadas y, sobre todo, en sus majestuosos despegues. ¡Qué
sencillo es remontar el alma…! La esperanza sólo necesita de dos metálicas alas
para sentirse salvada… ¡Y esta carta quemándome en el bolsillo…! Y yo incapaz
de todo.
Ya amaneció, cada vez tengo menos
posibilidades, he de hacerlo, aunque aterrorice a todo el aeropuerto, a actor
nadie me va a ganar; seguro que dejo el avión vacío…
***
Bueno, por lo menos el detector de
equipajes no me ha descubierto. Ahora al avión y a esperar la aduana en la llegada,
que con un poco de suerte y el alboroto de las vacaciones “la pasma” ni se
entera.
Pero, ¡vaya mogollón…! ¡Anda, otra vez
Rober! Y discutiendo con el guardia del detector. Por fin consiguió su
objetivo. ¡Mira que tienen recursos estos locos! Parece que me ha visto, qué le
voy a hacer, tendré animación gratis todo el viaje.
- -- ¡Hola
muchacho! –dirigiéndome una sonrisa desde lejos-, pues no quería ese policía
que me quitara el medallón, precisamente cuando he descubierto que es lo que me
preserva de todos los desastres que amenazan al mundo…
- - Pues
menos mal que te dejó pasar sin quitártelo, porque tiene cara de pocas
concesiones.
- - Las
personas somos los seres vivientes encargados de darle significado a las
apariencias… Y sobre todo una continuidad lógica. Pero seguro que nada tiene
que ver con nada, todo lo que pasa es totalmente ajeno a lo demás, hasta a sus
propios orígenes y a sus posibles efectos.
- - Mira,
toma un cigarro y no te me enrolles -le dije, alargándole un paquete de Camel
con filtro “made in USA”-
- Voy a buscar el billete para el embarque.
- -- Ten
– me devolvió el paquete, mirándome con mucho interés- yo llevo fuego… ¡Ah, la
carta! ¿Y cómo salgo yo ahora, después de la bronca con el guardia? Pero tengo que echarla… Sí, antes de salir.
- - ¡Vamos
Robert, no te compliques la vida! Estamos a punto de embarcar, ya están
recogiendo los billetes.
- - Mira,
no te lo puedo explicar, pero necesito echar la carta ahora mismo… ¡Oye! ¿No
podrías tú…? Sí, tú, son dos minutos. Yo espero a que vengas. Le dices
cualquier excusa al guardia y corres.
La verdad es que no estaba convencido, el policía me miró con cara de perro, le balbuceé una excusa. Al ver que llevaba sólo la carta hizo un gesto despectivo y me dejó pasar. La gran sala estaba casi vacía, recordaba haber visto un buzón cerca de la cafetería, pero en vez de preguntar a algún empleado me esforzaba, no sé por qué extraña razón, en encontrarla por mí mismo. Los segundos me martilleaban en la cabeza.
- ¡Qué
facilidad para meterme en problemas! - me recriminaba.
Por fin… Allí está. Llegué jadeando al
buzón, tan rápido quise introducir la carta que chocó en la ranura y entonces
descubrí que le faltaba la dirección. Me quedé paralizado ¿Qué hacer? Por un
momento pensé en echar la carta y volver corriendo; pero no, no pude. Me la
metí en el bolsillo y volví a la puerta de embarque.
Conforme me acercaba a la puerta tres se abría en mi mente una claridad, que era ya total cuando, dejando atrás al policía, me encontré sólo en la sala de embarque. El mostrador de recogida de billetes estaba cerrado con una cadena, una empleada recogía su bolso y una carpeta.
-
- ¡Señorita, señorita, tengo que embarcar…!
- ¡Señorita, señorita, tengo que embarcar…!
- -- Lo
siento el embarque está cerrado. Y el vuelo completo.¿Tiene usted billete?
- -- Si,
tenía, pero… ¿Y el señor qué estaba aquí, esperándome?Un señor con gafas
oscuras y barba.
- - Ah,
sí… Aquí me dejó para usted este bolso de viaje.
Busqué mecánicamente, con la vista perdida,
más allá de las cristaleras. Entre los últimos pasajeros que subían la
escalerilla del avión, adivine la silueta de Robert. El bolso se me escapó de
la mano, ni siquiera quise buscar en él la tarjeta de embarque, tenía plena
certeza de que ya no estaba allí. Yo ya sólo era una estatua solitaria sin
ninguna voluntad.
-
i - Oiga, señor, también me dijo no sé qué de una carta, que la guardara… O que no la perdiera, que igual la necesitaba…
¿Pero, señor, le ocurre algo…?
i - Oiga, señor, también me dijo no sé qué de una carta, que la guardara… O que no la perdiera, que igual la necesitaba…
¿Pero, señor, le ocurre algo…?
- - No,
no señorita, no se preocupe.
Mi mano buscó despacio, torpemente, el bolsillo donde estaba la carta. Y, mientras un avión acelerando despegaba del aeropuerto perdido de aquella isla lejana, yo leí en voz alta:
“Por todos los días perdidos, te
suplico que vuelvas a mi lado. Todo será olvidado, y aquel tiempo que nunca
pudimos vivir, renacerá en cada minuto del nuevo amanecer. Los álamos que
plantamos junto a la vereda de nuestra casa acarician con su sombra refrescante
a las pocas visitas que tengo en este ardiente verano. ¡Qué húmedos y fríos se
pondrán en el otoño sin el calor de tus manos…!
Y, te imaginas, qué bonito cuando recojamos las últimas hojas, esas que
saludan al invierno, para completar el – por tu marcha- inacabado cuadro de
bellezas muertas.
Estuve mucho tiempo sin hacer nada, viendo los días pasar, lejos de
todo; muy, muy dentro de este pequeño espacio que es nuestra casa, el jardín y
la vereda de los álamos.
Y no es que el tiempo todo lo esté borrando, sino que presiento tu
regreso. Y me lleno de vida y noto correr la sangre por mis venas del corazón
hasta las manos. Y todo son proyectos, ilusiones, esperanzas… He vuelto a
arreglar la chimenea de nuestro hogar y ¿sabes lo que haremos? Le compraremos
dos pieles de oveja a ese viejo pastor con el que muchas veces hablo de las
costumbres del campo y las pondremos delante del fuego, te contaré ese último
libro que estoy leyendo y, cuando a la par los dos callemos, el crepitar de las
llamas nos llevará por fantásticos mundos de ensueño.
No sé a qué dedicas tu tiempo, quizás de mí no tengas ni un recuerdo,
pero no, no creas que te lo reprocho; tengo presente que estamos muy lejos y
que nos separan difíciles sucesos… Y, a pesar de todo, te espero. Con la puerta
abierta, con la leña en el fuego y esas sábanas blancas que tus padres te
regalaron, si, las de encajes, que ya sabes son las que yo prefiero… Y sino ya
verás, este año te lo prometo, te llevaré un precioso ramo que reviva tus
sentimientos en el frío lecho de los amores muertos…”
Los Realejos,
Tenerife. Febrero de 1982.
Fin de la
primera parte…
* Acaymo fue el seudónimo utilizado por Juan Pardo Valera para el concurso donde fue presentado este cuento.


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