jueves, 26 de marzo de 2020

EL TÍO ANDRÉS DE LA TERICIA. Por Juan D. Pardo Valera

Anita con sus dos hijos, Juan y Diego, en esta época.

- ¡Te quedarás tres meses en la cama, sin salir a la calle, ni jugar!

     Mi madre me apretó fuerte la mano que no había soltado desde que entramos a la consulta de Don Paco Parra, el médico de la iguala, en el pueblo de Huércal.

-         - Anita, su hijo tiene Ictericia. Debe guardar reposo total, tener una dieta muy estricta y tomar baños de sol.

     Aquel fue el comienzo del periodo de mi vida más extraño y del que guardo un nítido recuerdo, a pesar de ocurrirme con apenas ocho años de edad.
     Los casi diez kilómetros de la vuelta desde Huércal a la aldea de la ermita de La Concepción la hicimos en nuestra burra “La Blanca”, aparejada con la albarda nueva y las "aguaeras" de ir al mercado de los lunes. Antes aprovechamos para pasar por el almacén de “Gabriel el Colmenas” y comprar todo lo necesario para el largo encierro que se me avecinaba: chocolate kitin de Nogueroles, galletas María de Fontaneda, Avecrem y fideos para hacer sopa, arroz de la Fallera… Y hasta un paquete de aquel producto nuevo que llamaban Colacao y que ninguno de mis amigos había probado todavía.
     Con las aguaeras repletas de esos y otros manjares iniciamos el camino de vuelta, bajamos la cuesta del Pueblo, cruzamos el puente Parias y nos tiramos por la vereda de las bestias, pues la carretera era más larga y peligrosa, aunque solo pasara un coche que otro cada cuarto de hora. Cruzando la Sierrecica ya se veían, al fondo, las casas de Overa.
  
-           - ¡A ver, mírame! Sí, muy amarillo, y los ojos también los tienes amarillos, tiene razón el médico, eso es del hígado. ¿Cómo habrás podido pillarlo?  – decía mi madre con la preocupación en el rostro-. ¿Y fiebre? Fiebre también tienes, por lo menos unas décimas. -Poniéndome amorosamente la palma de la mano sobre mi frente-.

     Yo subido en la culata de la burra, hacía esfuerzos por mantenerme erguido y no quejarme del malestar general que por momentos me invadía.
     Cruzamos el río, que llevaba un buen caño de agua y, por la Loma del Pozo, subimos al pago de la Ermita. En diez minutos estaríamos en el cortijo de Los Ballestas.
     Al llegar mi madre me arregló su dormitorio, que tenía un gran ventanal y era el más soleado; no se le había olvidado el consejo del médico de que recibiera mucho sol. Era su dormitorio de matrimonio que ahora, por estar mi padre de emigrante en Alemania, usaba ella sola. Intercambiamos las camas, por lo que ella se fue a la habitación de al lado a dormir en mi cama junto a la de mi hermano pequeño.
     Al principio fueron unos días maravillosos, sin ir a la escuela, con la atención plena de mi amada madre que no dejaba de hacerme todos los gustos y me colmaba a caprichos. Todas las mañanas me sentaba en la vieja butaca de balancín para tomar el sol invernal que entraba a raudales por la ventana. Luego, en la cama, daba cientos de vueltas, un rato hacía la izquierda, otro a la derecha, boca arriba mirando el entramado de cañas del techo y las viejas colañas de olivo, boca abajo hasta que notaba la asfixia del peso del cuerpo sobre mis pulmones.
     Tenía la esperanza de que mis amigos irían todas las tardes a verme, pero no fue así. Pasaban los días, las semanas y ninguno aparecía por mi casa…

-        - ¿Mamá, le has mandado el recado a mis amigos? Diles que el médico dijo que no se pega. - le recriminaba en tono lastimoso-.

    Pero el miedo y la incultura es el peor virus que puede haber. Y siguieron sin venir a verme, y mucho menos a jugar conmigo. A las dos o tres semanas apareció mi primo José porque la maestra le encargó que me trajera la tarea y, también, porque sus hermanas mayores, que estaban estudiando, se habían informado de que la hepatitis no se contagiaba. Incluso así, se ponía en una silla a varios metros y nunca se sentó en la cama, ni mucho menos me tocó. Recuerdo con agrado que en una de sus esporádicas visitas me trajo varios tebeos: uno del capitán Trueno, otro del Jabato, y un tercero, al que le faltaba la carátula, de Roberto Alcázar y Pedrín.
    Eso sí que me entretenía, me ilusionaba, me hacía feliz. Leer cuentos de mis héroes favoritos. Roberto Alcázar era un detective policíaco con traje, corbata y un bigotillo falangista muy definitorio, siempre correcto, educado y bien hablado. Sus expresiones más agresivas eran:

-        -  ¡Cáspita, Pedrín…! ¡Ostras, Pedrín…!

     Que yo nunca supe que significaban, pero siempre imaginé que era lo que decían los señores de “buena familia” en un momento de sorpresa. Su ayudante Pedrín era casi un niño, también bien peinado, mejor vestido y un poco, sólo un poco, travieso.
     Pero mi ídolo era el capitán Trueno, sus amigos Goliat y Crispín y su amada Sigrid. Viajaban por el mundo deshaciendo entuertos, ayudando al indefenso y castigando a los malvados, infieles y enemigos del sacrosanto imperio católico romano. Sus valores de justicia y fidelidad a los principios, a los amigos, al amor… Calaron profundamente en mi mente infantil y se quedaron allí para siempre, dirigiendo la brújula de mi proceder en la vida. 
     El Jabato era una copia del anterior en personajes y temática.
     Esperaba ansiosamente que llegara el lunes, día de mercado en Huércal, para encargarle a la familia o a algún vecino que me trajera el capítulo semanal del Capitán Trueno. Después pasaba toda la semana leyendo y releyendo el tebeo, analizando sus dibujos, cada expresión del rostro de los personajes, cada frase… era una incitación a desarrollos peliculeros en mi mente. Esta labor formadora de mi espíritu se completaba con el pasquín dominical “El buen amigo”, una gran hoja doblada por la mitad que en su última cara llevaba una pequeña historia, siempre con moraleja, y una tira de cómic de denuncia de algún vicio o mal comportamiento social.
     Entre estas lecturas, las tareas del colegio, las visitas de mis viejas vecinas: Inés “la Comadre” y Trinidad “la Fachenda”  con sus interminables historias sobre momentos y hechos de un viejo modo vida que ya no volvería. Y, sobre todo, mis fantasías y películas mentales que hacían volar la imaginación por horas y horas… Esa amalgama de emociones ayudaron en el pasar de los días, las semanas y los meses.

-        -  ¡Este niño no mejora…! ¡Está lo mismo de amarillo, y mira los ojos, igual que el primer día…! - Decía mi madre a su vecina Águeda-.
-         - Pues la verdad es que después de dos meses es para que hubiera mejorado. ¿Tiene fiebre?
-         - Hay días que no. Pero muchas tardes tiene unas décimas. Don Paco ha venido dos veces a verlo y dice que va bien, pero yo estoy que no vivo.
-         - ¿Y por qué no lo llevas a Garrucha, al tío Andrés de la Tericia…?
-         - Yo no creo en curanderos. ¿Van a saber ellos más que un médico?

     Mi madre era una persona muy razonable y con una fe ciega en la ciencia y la cultura. Pero las vecinas siguieron insistiendo y también algunos familiares:

-         - Pues a Gerónima de Antonio, que también tenía tericia, la llevaron el mes pasado y ya está como nueva.
-         - Y a mi sobrino lo curó el año pasado. El tío Andrés sólo cobra la voluntad y tiene la casa siempre llena de enfermos…
-         - Bueno, se lo consultaré a Blas en la próxima carta a Alemania y si lo ve bien, lo llevo.

     Mi padre le dijo que hiciera como mejor viera ella. Lograr que el curandero me atendiera fue más difícil y se consiguió gracias a la intervención de la tía Frasquita de Garrucha, la mujer a la que mi abuela Beatriz le alquilaba una habitación en su casa de la calle Mayor para “ir a los baños” en el mes de agosto.
     Así que antes del amanecer, una madrugada de principios de abril, salimos de Los Ballestas, montados otra vez en “la blanca” y acompañados por nuestro tío José “el cura”, bajamos por el camino del Ramblar, cruzamos el río y por el camino del Carril llegamos a Los Menas y después a la casilla de peones camineros donde tenía parada “La caita”, un destartalado autobús de línea que por seis pesetas nos llevaría hasta Garrucha. El vendaval de aquella mañana balanceaba el viejo vehículo peligrosamente, acurrucado en el regazo de mi madre, pronto me quedé dormido, lo último que vi fue el amasijo de metal del Puente Hierro sobre el río Almanzora. Al despertar, media hora después, un espectáculo único se mostró ante mis inocente mirada: enormes olas de blanca espuma rompían sobre la playa de Villajarapa con un bramido ensordecedor. Me froté varias veces los ojos, nunca pensé que el mar tuviera esa fuerza extraordinaria. La carretera corría paralela a la costa casi dos kilómetros hasta llegar al malecón de Garrucha donde estaba la casa de tío Andrés. En ese trayecto no despegué ni un instante la cara del cristal, estaba como hechizado viendo el espectáculo de las olas romper, una y otra vez, contra la desprotegida playa. Esas primeras imágenes del mar quedaron grabadas para siempre en mi mente infantil y nunca olvidé, en mis muchas travesías marítimas, el bravío ímpetu de sus entrañas…
     Desde la parada de la Caita a la casa del tío Andrés apenas había doscientos metros. Llegamos antes de las nueve y ya se encontraban varias personas en cola en la puerta. Pasamos y la espera se nos hizo larga, casi dos horas sentados en aquellas viejas sillas de anea. Cada vez me iba poniendo más nervioso, me arrepentía de haber ido, mi madre me miraba compasiva y me colocaba bien el pelo, alisándome el flequillo a lo “Marcelino” que pronto me quitaría para siempre.

-         - Anita de Beatriz y su hijo. ¡Pasen!

     La asistenta iba llamando en voz alta y cuando ella salía se hacía un silencio total en la entrada de la casa que funcionaba como sala de espera de la consulta.
     El tío Andrés era un hombre menudo, enjuto, que pasaba de los sesenta. Muy callado y con mirada penetrante.
     Sin hablar y mediante un gesto me hizo acercar a la gran ventana que daba hacía el malecón y el mar. Allí, bajo la intensa luz del sol, me miró detenidamente la cara, el cuello, los brazos…y, sobre todo, los ojos. Después le trajeron una pequeña bandeja metálica con un vaso de cristal y una jarra de agua. De una vasija de cerámica que guardaba en una alacena sacó tres cucharadas de un polvo blanco que echó el vaso, lo rellenó de agua hasta el borde y agitó hasta disolver el polvo. Lo bebió lentamente, sin respiro, hasta la última gota.
     Parado en el centro de la habitación sobre una vieja estera de esparto a modo de alfombra, con las piernas y brazos abiertos, fue entrando poco a poco en trance. Extraños sonidos guturales, casi imperceptibles al principio, fueron saliendo de su garganta cada vez más fuertes, llenando la habitación. Sus brazos comenzaron a subir y moverse rítmicamente por encima de su cabeza y esta giraba cada vez más rápido sobre sus hombros… Los ojos que durante todo este tiempo permanecían cerrados, se abrieron de pronto en toda su esférica amplitud y me miraron durante minutos taladrándome. Aumentaron los sonidos, sus ojos se fueron quedando en blanco, todos sus movimientos se hicieron bruscos, doblándose por la cintura y cayendo, poco a poco, al suelo.

-         -¡No tengas miedo, Juanico, no pasa nada! - me dijo por lo bajo mi madre, cogiéndome de la mano y apartándome despacio hacia un rincón junto a la ventana-.
     Toda mi atención se centraba ahora en la boca del tío Andrés, de la que comenzaban a salir burbujas de espumarajos que después de quedar prendidas por un momento entre sus labios, caían a borbotones por la comisura hasta la barbilla y luego a la estera del suelo. Se retorcía sobre ella como poseído por una fuerza telúrica. Era sorprendente que un cuerpo en apariencia tan frágil pudiera desarrollar esa fuerza y violencia de movimientos… Continuó el frenesí durante casi diez minutos y después fue cayendo en un estado de sopor y relajación total. Mi madre y yo en el rincón no movíamos ni un músculo de nuestro cuerpo.
     Pasados cinco minutos de silencio, el ruido de la puerta y la entrada de la asistenta, con una toalla y un vaso con una infusión caliente, cambió la escena. Limpió el rostro del curandero y parte de la alfombra. Luego le ayudó a incorporarse y le dio de beber apenas tres sorbos. Ya repuesto, el tío Andrés, se acercó a nosotros y, con voz firme, nos dijo:

-         - Este niño estaba enfermo del hígado, que siga guardando reposo por unos días, no coma harinas, beba muchos líquidos y tome baños de sol; ya le he sacado la enfermedad de su cuerpo. ¡Está curado!

     Luego, llevándose a mi madre al otro lado de la habitación, el tío Andrés se acercó a su oído y le dijo unas palabras. Yo no puede oír nada, solo vi una sonrisa en la cara de mi madre y que ella le contestó:

-         - ¡Ya lo sé, tío Andrés, ya lo sé!

                                ***
     Muchos años después, una noche a solas en la habitación del hospital, junto a la cama en la que estaba postrada, pocos días antes de su muerte, le pregunté:

-         - Mamá, ¿qué te dijo al oído el tío Andrés de la tericia?

Me miró, sonrió y cerró los ojos sin contestarme hasta quedarse dormida. Varias horas después, en la madrugada, oí su llamada:

- ¡Juanico, Juanico…!

     Salté del sillón, donde estaba adormilado y cogiéndola de la mano le susurré:

-         - ¿Qué necesitas mamá?
-         - ¿Sabes? Me dijo que eras muy especial, que tenías un aura muy fuerte, que verías cosas mucho antes que sucedieran y que tu luz iluminaría a muchas personas…
-        -  ¿Sí? Pero tú le dijiste que ya lo sabías…
-         -  Desde que estabas en mi vientre, lo sabía. ¿Me puedes prometer una cosa?
-         - Claro madre, ¡lo que quieras…!
-       -   ¡Qué pase lo que pase, no me sueltes la mano, necesito que ahora ilumines mi camino para este largo viaje, hijo mío…!


(*) Elaborado con los recuerdos guardados en lo más hondo de mi corazón por tantos años. No sé cuánto se debe a la creación de mi fantasía a lo largo del tiempo. Pero sí os puedo asegurar que, ahora, no he añadido ni una coma a estos queridos recuerdos.

(*) En memoria de mi amada madre que sigue iluminando mis pasos por este azaroso mundo.

                                    En Almería, marzo de 2020. 
                                    Bajo la cuarentena del Coronavirus.



(1)Con guión de Víctor Mora y dibujos de Ambrós, la serie capturó a miles de lectores desde su primer cuadernillo, en 1956, hasta bien entrada la década de los sesenta. Y los multiplicó en sucesivas reediciones, hasta la actualidad.
LLegó a tiradas de 350.000 ejemplares semanales.

(2) Don Paco Parra, el médico de la iguala. Cuando todavía la seguridad social no era un derecho y disfrute de todos los ciudadanos. "La Iguala" era un pago fijo mensual por el que se tenía derecho a la atención del médico. Incluso a su visita a la casa o cortijo en caso de encontrarse impedido para asistir a su consulta.

(3) Andrés Garrido,"el tío de la tericia". Desarrolló su labor de curandero durante muchos años en Garrucha, aparte de la tericia, también veía el "mal de ojo"y "el sol metío en la cabeza". Murió con casi 100 años y una gran prestigio. Entre mis amigos también lo conocíamos como "el tío del susto" por su ceremonial tan estrafalario para una mente infantil.
(*) Colección Manuel León. La voz de almería.
(4) La ictericia es una acumulación de bilirrubina en la sangre; demasiada hace que la piel, los ojos y las encías se pongan amarillas. El hígado es el órgano que filtra la bilirrubina de la sangre, por lo que la ictericia suele estar relacionada con una enfermedad (hepatitis) o insuficiencia hepática.

4 comentarios:

  1. Un relato muy bonito y emotivo. Enhorabuena Juan.

    ResponderEliminar
  2. Precioso cuento. Me ha llevado a esa época y lugar y me ha evocado recuerdos parecidos de mi infancia en esos mismos años. Misma época, distinto lugar, pero las mismas historias.

    ResponderEliminar
  3. Fiel detalle de aquella época, incluido el Tío Andrés. Gracias por tu relato, por llevarme a aquellos maravillosos años

    ResponderEliminar
  4. Preciosa historia. Al leerla se puede percibir el sentimiento. Enhorabuena

    ResponderEliminar