Los higos, una fruta hipercalórica, fundamental en la dieta de personas y animales durante siglos.
POR UN CESTO DE HIGOS
A las cuatro de la tarde, en pleno mes de agosto, nos poníamos a aparejar con la albarda y las “aguaeras” a "la Joven”, la burra más fuerte y rápida de la casa. En cada hueco, previsto para los cántaros de agua, colocábamos un cesto largo hecho de cañas por Ricardo “el gitano”, artesano de Zurgena.
Nos esperaba un largo trecho hasta las higueras de La Madroñera, un lugar perdido entre La Concepción y Lubrín, donde mi familia tenía un buen roal de distintas variedades de higueras; la mayoría de higos negros, pero también pajareros y una solitaria higuera del reino, que eran mis preferidos.
En esas horas del día, el sol castigaba con un furor inclemente; como únicas ayudas llevaba un litro de agua en una vieja botella de gaseosa “La casera” y un melón de agua con su cuchillo clavado para luego partirlo. Por último, mi sombrero de paja con alas anchas que me hacía sentir como un verdadero pistolero del oeste.
En aquel trayecto, montado sobre mi nerviosa burra, el sombrero y un trozo de palo a modo de pistola, hacían que no me afectara el achicharrante sol, el asfixiante aire de poniente y el trabajoso destino. Mi mente volaba a relajantes fantasías donde yo era propietario de un rancho, en el que vagaban en libertad vacas, cabras y alguna oveja; bajo la atenta mirada de mis empleados montados sobre briosos caballos. Por supuesto, todo estaba cubierto de verde pasto y una fresca brisa envolvía todo el ambiente.
Casi siempre iba sólo a la importante tarea de coger los cuatro canastos de higos que alimentarían a los dos cerdos que la familia estaba engordando para la matanza en el mes de diciembre. Mi indumentaria se completaba con pantalones remendados y camisa de manga larga; no hay nada más desagradable que las rozaduras de las hojas y la pegajosa picazón de la leche de los higos, que goteaba de las heridas higueras cuando le arrancabas a sus abundantes hijos.
Pero aquel día me acompañaba mi hermano menor, con apenas diez años, montado en “la Morena”, una burra vieja y tranquila que nunca te daba un sobresalto. Para espantar el aburrimiento me preguntaba por todo: ¿Aquí hay liebres? ¿Y perdices?
- ¿También habrá lobos? ¿Qué hacemos si nos atacan?
Apenas atendía a mis explicaciones, él seguía con su discurrir mental hacia los terrenos de sus fantasías y miedos…
- ¿Y si nos sale un “tío sainero” con el saco?
Al llegar nos repartíamos el trabajo. Diego recogía los higos del suelo que iban a un cesto viejo: éstos, sin duda, eran para los cerdos. Mientras yo me subía a la higuera e iba cogiendo los más hermosos, grandes higos rayados para echar en el sequero, que luego se terminarían de secar y curar dentro de grandes seras de pleita de esparto con peso encima. Un maravilloso postre de invierno o para hacer el delicioso “pan de higo” con almendras y un toquecito de anís. La higuera del reino la dejábamos para el final, sabrosos higos de pascua para los postres familiares bien refrescados en agua del aljibe o en la alacena.
Antes de las seis llevábamos la tarea muy avanzada. Hicimos un descanso bajo la higuera más frondosa para comernos el melón y reponer fuerzas. Después, yo me recosté en un pequeño banco de arena húmeda y echándome el sombrero sobre los ojos me quedé endormiscado. Apenas habían pasado veinte minutos cuando desperté sobresaltado por un pálpito… ¿Y mi hermano?
Lo busqué con creciente preocupación por el barranco grande de las higueras, luego por dos pequeños barranquizos laterales. Finalmente, me subí a la rellana para tener una vista más general. Mis voces de llamada se perdían tras retumbar en los cerros cercanos. Quince minutos después estaba agotado de subir, bajar, gritar… Y, sobre todo, de los terribles pensamientos sobre lo que le podría pasar a un niño tan pequeño.
- ¿Y sí hubiera caído al viejo pozo de la rambla?
- ¿Lo habría raptado algún desaprensivo?
- ¿Y los lobos? Serían verdad aquellas historias que nos contaban los viejos para asustarnos.
Otros diez minutos más y ya no podía continuar; estaba agotado y con la garganta rota. Por la mente me pasaban imágenes de la cara de desesperación de mi padre o del infinito sufrimiento de mi madre, cuando les contara que había perdido a mi hermano.
Me dejé caer de rodillas en la arena de la rambla y con todo el sentimiento de mi corazón invoqué a todos los espíritus, santos y vírgenes que me pudieran ayudar. En especial a una que era mi referente religioso.
Allí de rodillas, concentrado en mis sentimientos más profundos, en mis más tiernas creencias, en esa fuerza familiar que mis mayores me habían trasmitido… levanté lentamente la cabeza hasta mirar intensamente el gran cerro del Peñascal, que se alzaba ante mí a lo lejos, cerca del horizonte. Una premonición, una certeza, una fuerza difícil de describir hizo que me levantara y me dirigiera hacía el gran monte. Casi una hora después, cuando subía por su falda, descubrí en un lateral, cerca de la cima, una cueva con una boca de apenas un metro de altura.
Me acerqué sigilosamente y al asomarme, descubrí a cuatro zorrillos de apenas dos meses de edad, divertidamente jugando… con mi hermano. Se revolcaban por el suelo, se daban mordiscos, simulaban enfrentamientos; ¡Se lo estaban pasando fenomenal…!
- ¡Diego, tenemos que irnos, se nos hace tarde!
Apenas nos dio tiempo de llegar al barranco, cargar los cestos de higos a medio llenar y montar en las burras. A paso rápido llegamos a nuestra casa de Los Ballestas con el sol puesto, donde nuestra madre había empezado a preocuparse. Por supuesto que la regañina de nuestro padre fue monumental:
- ¡Toda la tarde para traer cuatro higos!
Ya por el camino, mi hermano y yo habíamos hecho un pacto de sangre de que nunca contaríamos esta historia - posiblemente a él se le haya borrado de su memoria -. Mi madre solo nos miró de reojo y nos dijo:
- ¡Venid aquí y dadme un abrazo, qué buen par estáis hechos!
Desde entonces, estoy seguro que mi madre me leía el pensamiento.
La Ermita de La Concepción, a 22 de agosto de 2019
Con la ayuda de mi hija Cata
* Me ayudaron, también, con sus recuerdos Lorenzo Sánchez y Blas Pardo Parra, ambos de 92 años
de edad, "Los abuelos de la Ermita de La Concepción".


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