Por Juan Pardo Valera. Director de la revista Paraíso Natural.
Como una ráfaga pasó por su mente
que podía pederlo todo: su supercasa con
su hiperhipoteca, el deportivo rojo, el chalet en Mojácar, las comidas en
Terraza Carmona… y hasta la amiguita de final de mes en Alicante. Ese sólido mundo
que había forjado en los últimos años de enriquecimiento, ascenso personal e
individualismo feroz se tambaleaba dentro del ambiente general de crisis
económica y tenebrosos augurios.
Instintivamente se agarró a la barra
del bar para conseguir un poco de seguridad y mentalmente repasó su situación
buscado también algo de estabilidad: pero con su familia no se hablaba, a sus vecinos ni los conocía, los pocos,
llamados, amigos eran circunstanciales y las circunstancias habían cambiado,
los compañeros del trabajo eran tan tiburones como él y sus problemas serían
sólo carnaza para ellos… y en fin, el amor se había reducido a un poco de sexo sin alegría (dos veces por semana y sin ganas de comer).
Entonces, como un fogonazo en la
oscuridad, le vino a la cabeza la frase que había leído la noche anterior de un
afamado escritor: “Cuanto más alto el Dow Jones más bajos los demás criterios;
el dinero destruye todos los demás valores”. Aquella frase que le pareció
pueril, aunque fuera de N. Mailer, se le quedó enganchada como un estribillo
veraniego y le acompaño al salir a la calle.
Deambuló
por el paseo abajo, hasta el puerto. Su andar era cansino pero su mente
trabajaba febrilmente. Después de muchas visiones catastróficas sobre su vida
futura, llego a la conclusión de que si el dinero le había hecho destruir todos
sus valores, su falta le podía poner en la senda de recuperar la verdadera
felicidad que una vez creyó poseer. Veía a su hijo, con el que apenas hablaba
una vez al mes y siempre para recriminarlo, mirarle feliz en ese viaje, tantas
veces aplazado, a Argentina a ver a sus primos… Oía a su amigo de toda la vida
junto a él hacer planes conjuntos de futuros proyectos… Sentía cerca, muy
cerca, el calor de aquella mujer que lo quiso y sus ocupaciones no le dejaron
querer.
Familia, amor, amistad; se sintió recuperado,
seguro, infinitamente feliz. Después de tantos años se encontró realmente con
fuerzas para hacer lo que siempre había deseado: ayudar a los demás al lado de
las personas que quería. Iniciaba una nueva etapa, la definitiva, de compromiso
con sus ideas, con su comunidad, con el mundo.
Y, como en las malas películas americanas, en
ese momento… despertó, y todo había sido un sueño. Bueno, o tal vez no...
* Mi humilde homenaje a García Márquez y todos los amigos que no dejan que me sienta sólo ni en mis días más tristes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario